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El relleno adapta el borde al contorno del ojo.
Un antifaz acolchado es de las pocas cosas de esta sección que tiene un segundo uso perfectamente cotidiano, y eso resuelve un problema práctico: dónde se guarda.
Puede estar en la mesilla sin que haya que explicarlo, y eso importa más de lo que parece: lo que se guarda escondido en el fondo de un cajón acaba sin usarse. No por pudor — por fricción. Lo que hay que ir a buscar compite con el cansancio del día y pierde siempre.
Y como antifaz de dormir funciona de verdad: la luz suprime la melatonina, la hormona que señala al cuerpo que es de noche, y basta con bastante poca para alterar ese proceso. Dormir a oscuras se recomienda por eso, y con persianas que no cierran del todo un antifaz hace el trabajo.
El acolchado marca la diferencia en los dos usos: rellena el hueco entre el antifaz y el pómulo, que es por donde entra la luz —la cara no es plana—, y lo hace sin apretar. Un antifaz que hay que tensar para que tape presiona el globo ocular y da dolor de sien.
Como accesorio de juego, lo que hace está claro: quita la anticipación —el cerebro atenúa lo que puede predecir, y sin ver no se descuenta el contacto—, reasigna la atención al tacto y baja la autoconciencia, que es de los frenos más habituales.
Con los ojos cubiertos: avisar antes de tocar o mantener contacto continuo, palabra de parada acordada, y no dejar sola a la persona.
Cuidado: paño húmedo con jabón neutro, secado al aire —nunca al radiador, que endurece el relleno— y guardado plano. Uso individual, por estar en contacto con los ojos, y se retira si hay conjuntivitis o irritación ocular.
| Doble uso | Puede estar en la mesilla sin explicarlo |
|---|---|
| Para dormir | La luz suprime la melatonina: sirve de verdad |
| El acolchado | Tapa sin apretar, que es lo que falla en los planos |
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