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Vela pequeña cuya cera fundida se usa como aceite templado de masaje.
Hacen lo mismo por caminos distintos, y cada uno gana en un escenario.
La vela llega templada. Es su ventaja real: el producto sale a unos 40-45 °C y no hay que calentarlo entre las manos ni asumir el corte de un chorro frío en la espalda. Además el calor libera el aroma mucho más rápido, así que perfuma la habitación en cuanto se aplica.
Y aporta luz. Encenderla es en sí misma la señal de que empieza otra cosa — y la luz de llama favorece bastante más que una bombilla cenital.
El aceite gana en cantidad y en comodidad. Se sirve de golpe lo que haga falta, no hay que esperar a que funda, no hay llama que vigilar y sale mejor de precio por mililitro. Para una sesión larga de espalda entera, es lo práctico.
La vela pide paciencia: unos minutos hasta tener capa líquida suficiente. Con 30 ml y un recipiente estrecho, esa espera es corta — es el formato de una zona concreta: hombros, pies, manos o nuca en diez minutos.
Dos cosas que la vela no puede hacer: no va sobre vello abundante, porque al retirar la cera arranca, ni con sensibilidad alterada. Ahí, aceite.
Y una que comparten: los dos degradan el látex. No se usan como lubricante ni cerca del preservativo, y antes de colocarlo, manos con jabón.
Funde a unos 40-45 °C, muy por debajo de una vela de parafina decorativa, que quema. Aun así se prueba en la cara interna del antebrazo y se vierte desde cierta altura. No va sobre vello abundante —al retirarla arranca—, ni en cara, ojos o mucosas, ni con sensibilidad alterada. Superficie estable, lejos de sábanas y cortinas, y nunca encendida sin vigilancia.
| Contenido | 30 ml |
|---|---|
| La vela gana en | Temperatura, aroma y luz |
| El aceite gana en | Cantidad, precio y sesiones largas |
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