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Vela pequeña cuya cera fundida se usa como aceite templado de masaje.
Dos cosas separan una vela de masaje que funciona de otra que da problemas, y ninguna aparece en la etiqueta.
La mecha. Las de algodón son las habituales: arden silenciosas y calientan la cera de forma progresiva. Las de madera hacen ese chisporroteo de chimenea que gusta bastante, y además generan un charco de cera más ancho en menos tiempo, porque la llama es más plana. En una vela de masaje eso importa: hay que esperar menos para tener suficiente líquido.
Y el diámetro del recipiente. Una vela ancha necesita más rato para fundir toda la superficie; una estrecha como esta forma su charco enseguida — que es justo lo que se busca cuando se quiere usar en unos minutos y para una sola zona.
El primer encendido condiciona el resto. La cera «recuerda» hasta dónde se fundió la primera vez: si se apaga antes de que la capa líquida llegue al borde, la vela tenderá a excavar un túnel y desperdiciará el producto de los lados. La primera vez, se deja fundir hasta el borde.
Cómo se aplica: se deja formar la capa líquida, se vierte con cuidado y desde cierta altura —cuanto más cae, más se enfría en el aire—, se prueba en la cara interna del antebrazo y se extiende con la palma. Al enfriarse queda como un aceite nutritivo.
Funde a unos 40-45 °C, muy por debajo de una vela de parafina decorativa, que quema. Aun así se prueba en la cara interna del antebrazo y se vierte desde cierta altura. No va sobre vello abundante —al retirarla arranca—, ni en cara, ojos o mucosas, ni con sensibilidad alterada. Superficie estable, lejos de sábanas y cortinas, y nunca encendida sin vigilancia.
| Contenido | 30 ml |
|---|---|
| Mecha de madera | Chisporroteo y charco de cera más rápido |
| Primer encendido | Fundir hasta el borde |
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