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Juego de dominó con posturas asociadas a las fichas, en varios idiomas.
Es un juego de más de mil años y su mecánica sirve para esto mejor que la de casi cualquier otro.
Su origen es chino, en torno al siglo XII, y las fichas representaban las combinaciones posibles de dos dados — de ahí que un dominó occidental tenga 28 fichas: todas las parejas de números del 0 al 6, sin repetir.
Llegó a Europa en el siglo XVIII, y ahí se le añadió el blanco como valor. El nombre parece venir del domino, la capa con capucha de los frailes — negra por fuera y blanca por dentro, como las fichas.
Y su mecánica es lo interesante aquí: no es un juego de azar puro como los dados. Hay decisión —qué ficha jugar, cuándo—, pero el resultado sigue dependiendo de lo que toque. Esa mezcla mantiene el interés durante una partida entera, cosa que una tirada suelta no consigue.
Además tiene un ritmo lento: se juega por turnos, con pausas, y eso deja espacio entre una prueba y la siguiente. Es lo contrario de una baraja que se despacha en diez minutos.
Y la madera aporta algo real: las fichas tienen peso, suenan al colocarse y no se doblan. Un juego que se va a usar varias veces dura, y además queda como objeto — no parece material desechable.
De las posturas: son sugerencias. Muchas piden flexibilidad o fuerza que no todo el mundo tiene, y forzar una postura incómoda es la vía rápida a una molestia lumbar. Si no encaja, se pasa.
Que se puede pasar turno: cualquier prueba se puede declinar sin explicación y sin penalización. Es la regla que hace que el resto funcione.
Hasta dónde llega hoy, dicho antes y no sobre la marcha. Y que nada de lo que se cuente jugando se use después — sin esa segunda regla, nadie cuenta nada.
| Material | Fichas de madera; multilingüe |
|---|---|
| El origen | China, siglo XII: las combinaciones de dos dados |
| Por qué encaja | Hay decisión y ritmo lento, no azar puro |
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