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Se pasa rodando por la piel; no punza ni perfora.
Es el objeto de la categoría con más riesgo de contacto con microlesiones, así que la limpieza deja de ser una cuestión de mantenimiento y pasa a ser de higiene.
Lo básico, después de cada uso: agua templada y jabón neutro, frotando entre las puntas —ahí es donde se acumula todo— y secado a fondo. La humedad retenida entre piezas metálicas las pica, y una punta picada tiene rebabas.
El paso que sí desinfecta, en metal: alcohol de 70°. Es más eficaz que el de 96° —el agua de la mezcla es lo que permite que penetre en la célula bacteriana—, y hay que dejarlo actuar unos segundos, no pasarlo y secar de inmediato. El metal lo tolera bien; la mayoría de los mangos, no necesariamente.
Lo que no se hace: hervirlo si tiene mango pegado o pieza no metálica, meterlo en lejía —corroe—, ni usar productos abrasivos, que rayan y crean superficies donde se agarra la suciedad.
Y la regla que hace todo esto necesario: no debe romper la piel. Se pasa con el peso del objeto, sin empujar. En cuanto aparece una marca que no desaparece en minutos, o cualquier gota de sangre, se ha ido demasiado lejos — y ahí entra un riesgo de infección que este producto no cubre.
Por eso es de uso individual, sin excepciones: cualquier cosa que pueda contactar con microlesiones no se comparte, por muy limpia que esté.
Y antes de cada uso, un vistazo: una punta doblada, con rebaba o con óxido se retira. La revisión lleva diez segundos.
Dónde no: cara, ojos, cuello, pezones y genitales; ni sobre lunares, heridas, varices, tatuajes recientes o piel irritada.
| Después de usar | Agua templada, jabón neutro y secado a fondo |
|---|---|
| Desinfectar | Alcohol de 70°, dejándolo actuar |
| Nunca | Lejía, abrasivos ni compartirlo |
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