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Preservativos clásicos lubricados.
La mayoría de los encuentros sin protección no ocurren por decisión: ocurren porque no había ninguno a mano.
Se reparten, no se acumulan en un solo sitio: unos en la mesilla, un par en el bolso o la mochila —en funda rígida, no sueltos entre llaves— y el resto en la caja original.
Y hay sitios que los estropean: la cartera, por presión y calor corporal durante meses, y la guantera, que en verano supera de largo lo que aguanta el látex. Son la causa clásica de una rotura inexplicable.
El baño tampoco: la humedad no ayuda. Un cajón seco es lo correcto.
Se usan primero los que caduquen antes: en una caja grande puede haber diferencias de lote.
Y la comprobación de diez segundos: fecha de caducidad, burbuja de aire en el sobre y marcado CE. Si está aplastado, pegajoso o reseco, se tira.
Que estén visibles ayuda: un objeto guardado en el fondo de un armario es un objeto que no se usa.
Y tener dos a mano, no uno: si se pone del revés, se tira — esa cara ya lleva preseminal y no se le da la vuelta.
Se comprueban la caducidad y la burbuja de aire del sobre. Se abre con los dedos, nunca con los dientes. Se aprieta la punta al desenrollar y se retira sujetando la base. Uno por acto y nunca dos a la vez. Solo lubricante de base agua o silicona. Lejos del calor: ni cartera ni guantera. Al residuo general, nunca al váter.
| Repartir | Mesilla, bolso en funda y caja original |
|---|---|
| Nunca | Cartera, guantera ni baño |
| Siempre | Dos a mano, no uno |
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